Lorenza Piñeyro, española radicada en Lima, le dirige un ruego a S.M. la Reina una carta referente al deceso de su marido

Texto

[p. 1]

Lorenza Piñeyro, española radicada en Lima, le dirige un ruego a S.M. la Reina una carta referente al deceso de su marido

[p. 2]
[…] acudo ahogada de dolor a los Reales Pies de V.M., para clamar por el castigo de los culpables, ya que no puede lograrse en esta desorganizada República sin la intervención exterior, merced a la ineficacia de las leyes y del poder público para reprimir a los criminales, cada día más alentados con la impunidad de que gozan.
[p. 3] Establecido mi amado esposo (Q.E.P.D.) en esta Capital hace más de veintiocho años, figurando en ella en primera línea, gozando del mayor aprecio […] [p. 4] había tomado arrendada por un largo número de años la famosa hacienda de Santa Beatriz, a un tiro de bala de distancia de esta Capital, y la más importante del valle, la cual pertenece al reciente ex Ministro de Hacienda y Relaciones Exteriores Don Manuel Ortiz de Zevallos, quien no disfrutaba de ella por tenerla hipotecada a otra persona para el pago de unas obligaciones que había contraído, persona a quién servía de apoderado y representante un escribano público de nombre Don Juan Antonio Menéndez.
Amparado por la práctica establecida y sancionada por las leyes peruanas, de gozar el arrendatario las ventajas del traspaso al finar el tiempo del arriendo, se afanó mi desgraciado esposo en mejorar por [p. 5] todos los medios posibles el estado de la hacienda, y llegó a tal punto, que era objeto de envidia de muchos; de pesar para Menéndez, que deseaba apoderarse de ella para utilizar las ventajas que podía ofrecer en el estado prospero a que la había elevado mi esposo; y últimamente de Ortiz de Zevallos, que habiéndose desempeñado durante su encargo del Ministerio de Hacienda, quería volver a la posesión de ella, al concluir en septiembre próximo el arrendamiento, sin pagar la crecida suma de unos ochenta y cinco mil duros, que podrían importar las mejoras. También estaban mal excitadas las pasiones de Menéndez con el fallo último del Tribunal Superior de Justicia en favor de mi esposo, en el pleito que sostenía tiempo ha con aquel sobre [p .6] mejor derecho a unas canteras de piedra caliza.
Estas circunstancias mediaban, y muy reciente la última, cuando fue asaltado mi difunto esposo cerca de la hacienda y a las puertas de la ciudad por un negro, que le hizo un disparo de carabina, sin motivo ni causa aparente, del cual escapó por fortuna. Con motivo de este hecho y por vía de precaución, aunque no era de esperar que fuese asaltada la casa de la hacienda, dio mi difunto esposo en arrendamiento a uno italianos la huerta de la proximidad y armas, bajo condición de protegernos cuando fuera necesario.
Posteriormente, y no ha muchos días, el ex Ministro Zevallos, objeto él, como su familia, de los más señalados favores de parte de mi esposo y mía, por los cuales, [P.7] se mostraba obligadísimo, dirigió a este una carta, en que le rogaba pasarse a verle para hablar de la hacienda; y habiéndole buscado en su casa, fue tal la turbación de que se halló poseído, tales sus esfuerzos por evitar las miradas de mi esposo, y tanta su inquietud, que, encontrándose incapaz para el objeto de la cita, dio fin a la entrevista con decirle: “Yo, yo iré por allá, y arreglaré el negocio con Lorenzita”.
[P.8] Tales son, Señora los sucesos únicos que el dolor me permite recordar ahora como ocurridos antes del horroroso asesinato de mi amado esposo, y relacionados con este funesto acontecimiento, hasta que el 28 de febrero último unos veintisiete individuos, de ellos algunos negros, y los demás indígenas, a [P.9] quienes la mano oculta que dirigía el calculado crimen había provisto de armas, y se habían proporcionado violentamente caballos en las haciendas inmediatas; se lanzaron sobre la nuestra con todo el ímpetu de una horda de salvajes desenfrenados. Eran las nueve de la noche […]
[P.10] Contrariados por mi largo reto e indignados, e indignados de esta resistencia, me hicieron sufrir varios golpes por abertura que ofrecía la puerta, con los cuales me lastimaron enormemente el pecho, y me hirieron en la cabeza hasta bañarme en mi propia sangre. En tan lastimosa situación me encontró mi esposo cuando regresó armado en compañía del mayordomo de la hacienda. Trabóse entonces una lucha desesperada entre estos y los malvados invasores, primero con armas de fuego, y después, y después con armas blancas.
[pp. 11-14; narra cómo solicitó auxilio en la hacienda vecina, también administrada por Menéndez y se lo negaron]
[p. 15] [Continúa la narración de los hechos después de regresar, 3 horas después, con la fuerza pública que habría ido a buscar un sirviente]. ¡¡¡¡ Mi esposo, aquel esposo que era mi consuelo, aquel inimitable padre, aquel honrado ciudadano, aquel amigo leal y generoso había espirado a manos de los asesinos!!!! No se extendió el mal, sin embargo, a despojarnos de la ropa, numerario, vajilla y alhajas, no obstante haber facilitado a los asesinos la posesión de todo. ¡Singular conducta, perteneciendo el jefe y todos ellos a las cuadrillas de salteadores, aparentemente ocupados en las haciendas, que infestan [P.16] estas cercanías!
Afectada profundamente por este lamentable suceso la parte sana de la Capital, el poder público ha tenido que tomar, contra su práctica de siempre, una parte activa en la persecución de los culpables, y ya se encuentran [P.17] algunos de ellos a disposición de los tribunales […] aparece en primera línea como capitán de la cuadrilla un indígena llamado Solorzano, reconocido asesino, que hasta ha pocos días perteneció en calidad de cabo a las fuerzas de gendarmes, y que por influjo de Menéndez se ha libertado del servicio de las armas, y se halla al particular de este. Otros hay que salieron de la hacienda del mismo, para incorporarse a los demás asesinos la noche de la catástrofe, y regresaron a ella, perpetrado el crimen; y otros de la hacienda de la Victoria, también a cargo de Menéndez, observaron similar conducta.
[P.18] Con vista de hechos tan espantosos y de tantos otros de naturaleza análoga como ocurren frecuentemente en esta desventurada República; de la impunidad de que gozan los ladrones y asesinos; de la imposibilidad de contener por el solo impulso de fuerzas individuales el desbordamiento de las castas, que se levantan contra los blancos, sus naturales enemigos; del inminente peligro que corren todos, y con particularidad los extranjeros; cuando el benéfico, el santo influjo de la Religión no existe realmente, cuando han desaparecido los vínculos de familia, y los demás respetos sociales y aún los políticos; en una palabra [P.19] cuando todo lo que tantos siglos de lucha con la barbarie ha acumulado de bueno en el orden moral, huye de este suelo, como extraño a sus propias condiciones; la civilización pide un esfuerzo a los gobiernos europeos para salvar a sus hijos de un completo exterminio en estos apartados territorios.
Llamada, Señora, V.M., que tan glorioso ha hecho su reino, a contribuir a esta grande obra; movida por el estímulo de mis amargos sufrimientos, acudo al Trono de V.M. para implorar su regía protección, no solo para mí y mi hija, sino también para tantos otros desventurados que la necesitan.
A V.M. pues rendidamente suplico se digne ordenar que el Gobierno destine a estas aguas una escuadra, [P.20] que imponiendo el suficiente respeto, nos salve de los peligros que nos amenazan, y obtenga para mí y para mi hija, lo mismo que para otros que se encuentran en circunstancias análogas la debida reparación. Y entretanto rogamos encarecidamente a V.M. se digne acordar que el Gobierno pida al de S.M. el Emperador de los Franceses, ordene a su Encargado de Negocios aquí nos proteja como si fuéramos súbditos del imperio.
[…]
11 de marzo de 1859
[signo, rúbrica:] Lorenza Piñeyro

Ficha temática

  1. Referencia bibliográfica: Archivo Histórico Nacional-Fondo Histórico Ministerio de Asuntos Exteriores, H2578, Lorenza Piñeyro, española radicada en Lima, le dirige un ruego a S.M. la Reina una carta referente al deceso de su marido, 11 de marzo de 1859.
  2. Autor: Piñeyro, Lorenza.
  3. Año: 1859
  4. Lugar: Lima
  5. Período: El movimiento de rearme naval, la Unión Liberal y la planificación de la escuadra (1858-1862)
  6. Tema: Emigrantes y comercio ; Imperialismo informal y diplomacia de las cañoneras ; Navalismo y marina
  7. Contexto: Si los empresarios y ayuntamientos de la Península inundaron la prensa, los despachos ministeriales y los hemiciclos con sus peticiones de promoción de la Real Armada, hubo otros actores que no les fueron a la zaga: las comunidades de emigrantes españoles en ultramar, particularmente en América. Desde comienzos de la década de 1850 era habitual que el Ministerio de Estado recibiese copiosas cartas en las cuales los súbditos residentes en Caracas, Buenos Aires, Guayaquil, Valparaíso y Lima exponían los supuestos atentados contra su integridad personal y propiedades. Lo interesante es que a partir de 1855 fue habitual que las cartas de estos coincidiesen en subrayar que el medio más eficaz que les podía proporcionar la Monarquía para la seguridad de sus actividades comerciales era el envío de una escuadra poderosa a las costas de América. Esta petición se hizo particularmente intensa en países con los cuales España no había firmado ningún tratado bilateral que permitiese el emprendimiento formal de relaciones diplomáticas, como Perú.
    Sirva de ejemplo esta reclamación de una española afincada en la república andina que el Ministerio de Estado recibió en 1859. La remitente es Lorenza Piñeyro, viuda del hacendado Joaquín Villanueva, comerciante exitoso instalado en Lima. En sus cartas a la Reina y a la Secretaría de Estado, Piñeyro describía un negocio turbio. Según su testimonio, el Ministro de Hacienda y Relaciones Exteriores de Perú, Ortiz de Zevallos, le había subarrendado -a través de José Antonio Menéndez, apoderado de otro arrendatario con el que Ortiz tenía deudas- una hacienda llamada Santa Beatriz a su esposo. Cuando estaba por vencer el arrendamiento, Ortiz de Zevallos se negaba a cumplir con su obligación legal de pagar las mejoras que Villanueva le había hecho a la propiedad, mientras que Menéndez también ambicionaba el disfrute de su posesión. Justo en esta coyuntura, hombres armados entraron a la casa y asesinaron a Villanueva, empujando a Lorenza Piñeyro, ahora viuda, a un pleito infructuoso ante la justicia peruana.
    El documento que aquí ofrecemos es la hechura de esta cadena de sucesos: Piñeyro le escribe a Isabel II para solicitar su injerencia en la cuestión. Lo destacable de la petición en lo concerniente a nuestro proyecto es que esta no le solicitaba a la Reina que sancionase el establecimiento de relaciones diplomáticas formales entre España y Perú o a que persuadiese pacíficamente a la administración del país a enjuiciar a los culpables del asesinato. Por el contrario, Lorenza fiaba la suerte de su denuncia en el envío de una escuadrilla naval al Callao y en su utilización como herramienta coercitiva. La viuda vaticinaba que el terror a los cañones españoles impelería al gobierno peruano a impulsar un proceso judicial rápido y limpio. El dicurso de Lorenza Piñeyro nos hace testigos de la instrumentalización del lenguaje del imperialismo liberal por parte de las colectividades de emigrantes.
  8. Descargar texto y metadatos